
1. "Este es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha puesto al frente de su familia" (cf. Lc 12, 42).
Así nos presenta la liturgia de hoy a san José, esposo de la santísima Virgen María y custodio del Redentor. Él, siervo fiel y prudente, aceptó con obediente docilidad la voluntad del Señor, que le confió "su" familia en la tierra, para que la cuidara con solicitud diaria.
San José perseveró con fidelidad y amor en esa misión. Por eso la Iglesia nos lo presenta como modelo singular de servicio a Cristo y a su misterioso designio de salvación.
2. «"Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". (...) "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?"» (Lc 2, 48-49).
En este sencillo diálogo familiar entre la Madre y el Hijo, que el evangelio acaba de proponernos, se encuentran las coordenadas de la santidad de José. Responden al designio divino sobre él, que, como hombre justo, supo secundar con admirable fidelidad.
"Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando", dice María. "Yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre", replica Jesús. Precisamente estas palabras del Hijo nos ayudan a comprender el misterio de la "paternidad" de san José.
Venerados y queridos hermanos ordenandos, la Iglesia os acompaña y os asegura su oración, para que desempeñéis con fiel generosidad, a ejemplo de san José, vuestro ministerio pastoral. Os aseguran su oración, en particular, quienes os acompañan en este día de fiesta: vuestros familiares, los sacerdotes y los amigos, así como las comunidades de las que procedéis y a las que estáis destinados.
4. Las ordenaciones episcopales, que suelo conferir el día de la Epifanía, este año han sido aplazadas a causa de la conclusión del gran jubileo. Así, tengo la oportunidad de realizar este rito en la solemnidad de San José, tan querida para el pueblo cristiano. Esto me permite encomendaros con particular insistencia a cada uno de vosotros a la incesante protección de san José, patrono de la Iglesia universal. (...)
6. Queridos hermanos, como san José, modelo y guía de vuestro ministerio, amad y servid a la Iglesia. Imitad el ejemplo de este gran santo, así como el de su Esposa, María. Cuando encontréis dificultades y obstáculos, no dudéis en aceptar sufrir con Cristo en favor de su Cuerpo místico (cf. Col 1, 24), para que con él podáis alegraros de una Iglesia toda hermosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada (cf. Ef 5, 27). El Señor, que os dará siempre su gracia, hoy os consagra y os envía como apóstoles al mundo. Llevad grabadas en vuestro corazón sus palabras: "Yo estoy con vosotros todos los días" (Mt 28, 20), y no temáis. Como María, como José, confiad siempre en él. Él ha vencido al mundo.





















